El papel del movimiento 15M en los orígenes de Occupy Wall Street

publicado | argitaratua 17. may, 2013

Por AMADOR FERNÁNDEZ-SAVATER

 

Recordábamos hace unos días algunos logros invisibles del 15-M, en su segundo aniversario. Pues aquí va otro, y no es menor. Se trata de una historia casi desconocida sobre el movimiento Occupy Wall Street: cómo un grupo de españoles atravesados por la experiencia del 15-M llevaron hasta Nueva York el ADN de las plazas (“la política de cualquiera”) fertilizando así el lenguaje (“we’re the 99%”) y el imaginario político de Occupy. Lo cuenta Jeff Lawrence, investigador sobre cultura contemporánea y movimientos sociales, a quien conocí el año pasado en EEUU. El texto que vas a leer ahora (puedes hacerlo también en PDF) es una versión reducida y traducida de un trabajo de  investigación escrito en inglés y que se publicará próximamente en  Estados Unidos.

El  19 de septiembre de 2011, dos días después del comienzo de la ocupación  de Zucotti Park en Nueva York, dos de los españoles del 15-M que  participaron en la organización de Occupy Wall Street estaban  preocupados. Como los demás simpatizantes del 15-M que asistían a las  reuniones preparatorias, Begonia Santa Cecilia y Luis Moreno-Caballud  habían imaginado que el campamento en el corazón de Wall Street sería  algo parecido a las acampadas que habían visto en España ese mismo año:  espacios hospitalarios y abiertos en plazas públicas donde se  congregaban grupos diversos de gente. Sin embargo, las cosas no eran  así. El parque estaba rodeado de furgonetas de policía y los escasos y  homogéneos manifestantes gritaban a los agentes y a los curiosos que  pasaban por allí. Además, las propias asambleas se habían vuelto  rápidamente conflictivas. Moreno-Caballud y Santa Cecilia decidieron  proponer un cambio de táctica, enviando un email al grupo de trabajo de  Extensión, que se ocupaba de comunicar el mensaje de Occupy al exterior.

El propósito de ese email era simple. Occupy tenía que enfatizar que no  era una protesta más “contra el sistema”, sino un movimiento que estaba  creando un espacio físico y conceptual en el que la gente podía  encontrarse para hablar, escuchar y formular soluciones alternativas a  la crisis económica y política global. Releyendo los emails  organizativos y pensando retroactivamente sobre los debates de las  asambleas preparatorias, los dos españoles decidieron revitalizar un  slogan que había sido formulado a través de un proceso colectivo en los  días previos a la ocupación: “Somos el 99%”. Enviaron un email con el  asunto “#Occupy Wall Street sobrevive transformándose en #Somos el 99%”:

“Parece  que #Occupy Wall Street necesita urgentemente una operación masiva de  ampliación para sobrevivir. La clave para el éxito del movimiento es que  sea inclusivo. Ahora mismo el movimiento es demasiado homogéneo, debido  al imaginario y al lenguaje “activista” con que se identifica… Propongo  que empecemos hoy una rápida y masiva campaña de extensión con esta  idea: #SomosEl99% -Este es el plan: ponemos toda nuestra energía y  recursos en anunciar el día de #SomosEl99%, que tendrá lugar el próximo  sábado 23, en nuestro espacio en Zuccotti/Liberty Park.”

Dos días después, Justin Molito, otro miembro del grupo de Extensión,  empezó a imprimir flyers. Para el fin de semana, la campaña del 99%  estaba en marcha y #WeAreThe99% (“SomosEl99%”) era “trending topic” en  Twitter. En dos semanas, aparecieron acampadas en más de cincuenta  ciudades norteamericanas. Se coreaba “Somos el 99%” en todo el país, y  después en todo el mundo. El movimiento del 99% se había hecho global.

Resulta  útil pararse un momento a recordar lo profundamente que caló el slogan  “Somos el 99%” en la conciencia nacional americana, a partir de los  meses de octubre y noviembre de 2011. Quizás estamos todavía demasiado  cerca de esos meses de Occupy para entender completamente cómo, en un  país que se enorgullece de hablar en nombre de la clase media, la  retórica del 99% y del 1% ha reconfigurado el vocabulario político. De  hecho, parece probable que dentro de unos diez años esos meses sean  vistos como el momento clave para las elecciones presidenciales de 2012:  el momento en que un Obama muy tocado por los desastrosos resultados de  las elecciones legislativas y por su fracaso en el conflicto del “techo  de deuda” con los republicanos pudo por fin apuntarse un tanto  populista, gracias al vocabulario introducido por Occupy. Pero, ¿cómo  llego a suceder todo esto?

Hay muchas percepciones falsas sobre la historia del movimiento Occupy  en EE.UU. Desde los primeros días de Occupy Wall Street, cuando la  periodista del New York Times Gina Belafonte se refirió al campamento de  Zucotti Park como “la protesta política convertida en espectáculo”, los  medios masivos norteamericanos presentaron a Occupy como un hatajo de  individuos insatisfechos y con dificultades para encontrar un propósito  en sus vidas. Al mismo tiempo, los simpatizantes del movimiento a menudo  han dado una versión sobre sus orígenes que gira en torno a las  actividades de un grupo de organizadores americanos que consiguieron de  alguna manera capturar la imaginación pública. Este texto propone una  narrativa diferente: la historia de cómo un grupo de extranjeros que  trajeron tácticas y experiencias de movimientos sociales recientes en  otros países articularon algunas de las ideas más persuasivas y de las  prácticas más duraderas que iban a surgir del movimiento Occupy.

La política de cualquiera en Occupy

Desde el 13 de agosto al 10 de septiembre de 2011, asistí a los  encuentros de la Asamblea General de Nueva York (AGNY) en el parque de  Tompkins Square, en Manhattan. En estas “asambleas generales” semanales,  abiertas a cualquiera que quisiera participar, un grupo de unas  cincuenta o sesenta personas planeó la acampada y la ocupación de Wall  Street para el 17 de septiembre. La historia estándar de Occupy Wall  Street en los Estados Unidos es que la izquierda americana fue capaz  finalmente de promover un movimiento colectivo para combatir los abusos  de las élites político-financieras, en la estela de la crisis económica  de 2008. Incluso los artículos que han reconocido las conexiones  internacionales de Occupy normalmente las han caracterizado en términos  de inspiración indirecta de los movimientos sociales de 2011 en Egipto,  Grecia, España y otros lugares.

Sin embargo, lo que yo vi en estos  encuentros y lo que he sido capaz de reconstruir estudiando los primeros  documentos de la Asamblea General de NYC, es que cerca de un 40 o 50%  de los participantes en las asambleas de agosto y septiembre de 2011  provenían de lugares que no eran Estados Unidos: España, Brasil, Irán,  Grecia, Armenia, Japón, India, Palestina, Argentina, Rusia e Italia,  además de la nación Choctaw y Puerto Rico. Solamente un artículo  aparecido en los medios durante el primer mes de Occupy Wall Street se  enfocaba parcialmente en las raíces internacionales del movimiento, “Cómo empezó realmente Occupy Wall Street”, publicado por Andy Kroll en la revista Mother Jones el día 17 de octubre. Bajo mi punto de vista, su provocadora pero  legítima afirmación de que los participantes extranjeros eran al menos  tan importantes como los americanos en la organización de Occupy Wall  Street, no fue tomada en serio en ningún otro lugar.

Pero mi objetivo aquí, en cualquier caso, no es simplemente recuperar  la importancia de los participantes internacionales. Desde los primeros  días de la Asamblea General de NYC y de la organización de Occupy Wall  Street, existieron visiones distintas sobre los propósitos del  movimiento. Paradójicamente, aunque la mayoría de las interpretaciones  de Occupy han tendido a marginalizar a las voces extranjeras del  movimiento, fueron éstas las que resonaron más profundamente tanto en  Estados Unidos como en el resto del mundo. Esto es especialmente cierto  en el caso del contingente español de Occupy Wall Street, que a menudo  constituía entre un diez y un veinte por cierto de las pequeñas  asambleas organizativas de la AGNY. Recuerdo a un americano refiriéndose  en términos cuasi-religiosos a la “inquebrantable fe” de los españoles,  y a otro que se lamentaba (un poco menos solemnemente) de ser uno de  las pocas personas en la AGNY, extranjeras o americanas, que no hablaba  español. Como Santa-Cecilia y Moreno-Caballud, varios españoles más  habían regresado recientemente de Madrid, donde habían participado en  distintas fases del movimiento 15-M durante el verano de 2011. Además  del entusiasmo y la convicción nacidos de haber sido testigos de ese  movimiento verdaderamente popular, el contingente español de Occupy  trajo también un principio que se había gestado en las acampadas  españolas.

Este principio era lo que estos españoles comenzaron a llamar “la  política de cualquiera”: la creencia en que los movimientos sociales  deberían estar compuestos por cualquiera que quiera participar en ellos.  Aunque “horizontalidad” se había convertido en un palabra clave en los  movimientos autónomos y anti-globalización de los 80’s y 90’s para  referirse al proceso de creación de consenso en las asambleas populares,  la concepción de Occupy que tenían los españoles estaba menos orientada  hacia esas actividades internas de las asambleas –grupos “autónomos”  que practican la “acción directa”- que hacia la participación de la  gente en general, estuvieran o no en las asambleas. Es decir, les  preocupaba más la inclusividad que la horizontalidad del movimiento. Para ellos un movimiento “sin líderes” era importante  no sólo porque estableciera un protocolo para asambleas no-jerárquicas,  sino sobre todo porque desdibujaba los límites entre el “dentro” y el  “fuera” del movimiento.

El contingente español a menudo repetía la  frase: “nos importa menos el propio Occupy que lo que Occupy genera”.  Les había impresionado la manera en que, durante el 15-M, los activistas  habían cedido autoridad y agencia a cualquiera que llegaba para  participar en las acampadas, y exigían que el lenguaje del movimiento  fuera accesible para quienes no eran activistas ni académicos. Por todo  ello, consideraban que la acampada en Wall Street no debía ser sólo un  lugar para protestar contra los excesos de las instituciones financieras  americanas, sino también, más fundamentalmente, un espacio para la  construcción de una sociedad alternativa en la que la cooperación y la  ayuda mutua sustituyera a la competición económica. En cierto sentido,  esta idea concordaba con los principios anarquistas de auto-gestión que  su compañero de asambleas, el antropólogo David Graeber, expuso en su  ahora ya icónico artículo “Las raíces anarquistas de Occupy Wall Street”.  Graeber, una de las caras más visibles del movimiento en la escena  internacional, ha reconocido por lo demás en numerosas ocasiones la  importancia de la contribución de los “indignados” españoles a la  creación de Occupy Wall Street (por ejemplo, aquí).  Pero a la mayoría de los españoles de Occupy les preocupaba que un  énfasis exagerado en los procesos asamblearios pudiera crear un  aislamiento de la comunidad “radical” en lugar de un movimiento  inclusivo. El éxito de Occupy Wall Street, pensaban, no consistiría en  “traer a gente al movimiento” para que escuchara su retórica, sino en  expandir el movimiento –sus propósitos, su vocabulario y sus prácticas-  para que cualquiera pudiera contribuir a su construcción.

Como la mayoría de los españoles en la península o en el extranjero,  los que participaron en Occupy se habían visto atraídos por el 15-M  precisamente porque el lenguaje de las acampadas iba más allá de los  discursos tradicionales de la izquierda. Aunque muchos de ellos tenían  educación post-graduada -Santa-Cecilia,  Moreno-Caballud, Lauren Dapena Fraiz, Mónica López, Guillem Álvarez Berrocal, Ángel Luis Lara, Maleni Romero,  Lucía Rey, Vicente Rubio, Xavi Acarín, y Nikki  Schiller—  a todos les cautivó la sencillez de los slogans provenientes de las  acampadas del 15-M. Casi todos los participantes en la Asamblea General  de Nueva York estaban versados en la tradición política radical, y  habían leído desde Marx a Franz Fanon, pasando por Deleuze y Guattari,  desde Gayatri Spivak a Jacques Rancière, pasando por Hardt y Negri. La  diferencia fundamental, en mi opinión, era la manera en que los  participantes se relacionaban con estos pensadores. Mientras algunos (no  todos) de los activistas americanos expresaban sus sentimientos  anti-capitalistas en el idioma de la teoría académica, el contingente  español se preocupaba por reformular y traducir las ideas que surgían de  la asamblea para que fueran accesibles más allá de la comunidad  activista y académica. Les habían inspirado los posts publicados por Amador Fernández-Savater durante las primeras semanas del 15-M, defendiendo la potencia política  del lenguaje común (en expresiones como “democracia real ya” o“somos  personas”) frente a quienes insistían en la vaciedad e ingenuidad  política de este vocabulario cotidiano. La convicción de que las  formulaciones del movimiento debían ser lo suficientemente abiertas para  que todo el mundo cupiera era uno de los principios operativos del  contingente español de Occupy.

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El 15M en Nueva York y el 99%

El transito de estas gentes, prácticas e ideas entre España y Estados  Unidos en el verano de 2011 generó mucha de la energía que iba a  impulsar los esfuerzos organizativos de Occupy en agosto y septiembre  del mismo año. Por supuesto muchos tipos de protesta y tendencias  políticas diferentes convergieron en la formación de Occupy Wall Street.  El movimiento debe mucho  a las campañas anti-globalización de Seattle y  Argentina en el cambio de milenio, a las protestas pro-democracia de la  primavera árabe cuya onda expansiva circulaba ya por Occidente y a la  llamada a la propagación de acampadas de protesta americanas realizada  por la revista canadiense Adbusters durante los calurosos días del  verano de 2011. En julio, la coalición New Yorkers Against Budget Cuts  (“Neoyorquinos contra los recortes de presupuesto”) probó la idea  erigiendo unas pocas tiendas de campaña junto al City Hall: el  campamento que llamaron “Bloombergville” (en referencia al alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg).

Pero  incluso antes de estas iniciativas norteamericanas, el impulso para lo  que se convertiría en el movimiento Occupy empezó en Nueva York con una manifestación en solidaridad con el movimiento 15-M en Washington Square, el día 21 de Mayo de 2011. Durante las seis semanas siguientes, un grupo de españoles reunidos bajo el nombre “Democracia Real Ya – NYC”,  entre ellos algunos que llevaban bastante tiempo viviendo en Nueva  York, se dieron cita semanalmente en el salón de actos de un bar español  para solidarizarse con el 15-M y comentar la posibilidad de que un  movimiento similar pudiera suceder en Estados Unidos. César Arenas-Mena y  Moreno-Caballud comenzaron a asistir a las reuniones de New Yorkers  Against Budget Cuts hacia mitad de julio, y el día 27 del mismo mes,  tuvo lugar una charla informativa sobre el 15-M en la librería feminista de Manhattan Bluestockings.  El momento clave de esta fase previa, sin embargo, lo constituyó un  encuentro organizativo en el espacio de arte y activismo situado en el  corazón de Wall Street 16Beaver, el día 31 de julio. El encuentro, llamado “For General Assemblies in Every Part of the World” (“Por asambleas generales en todas partes del mundo”) y organizado por  Ayreen Anastas, Rene Gabri, Xavi Acarin y Moreno-Caballlud, entre otros,  reunió a participantes en acampadas españolas con griegos que  protestaban en la plaza Syntagma, además de activistas japoneses,  palestinos y americanos (los organizadores de Bloombergville entre  ellos). En esta reunión se anunció la primera asamblea de la Asamblea  General de Nueva York (en aquel momento conocida como la Asamblea  General Popular sobre los Recortes), que iba a tener lugar el 2 de  agosto.

Durante los días siguientes, la frase más icónica y duradera de Occupy,  “Somos el 99%”, fue acuñada por una serie de participantes de la  Asamblea General de NY. El contingente español fue absolutamente crucial  en esta articulación. El 4 de agosto, se inició un hilo de emails  titulado “Una única demanda”, en la recién creada lista de correo  “Septiembre 17”. Willie Osterweil comenzó la discusión señalando que  esta “única demanda” del movimiento debería ser lo suficientemente  amplia para incluir a todo el mundo: “No queremos observadores, queremos  participantes”. Lorenzo Serna, un miembro latino e hispanohablante del  grupo de Extensión respondió diciendo que tal vez lo que necesitaba no  era una única demanda sino un mensaje único, algo que pudiera ser  “fácilmente transferible de mi a cualquiera”. Isham Christie entonces  enfatizó la diferencia entre una “demanda”, “que se dirige al estado o a  las élites económicas” y un “mensaje”, “que se dirige a la gente que  intentamos traer al movimiento”. En definitiva, el consenso “online” al  que se llegó fue que Occupy Wall Street debía definirse menos por el qué de su posición política que por el quién de sus participantes. Moreno-Caballud sugirió entonces que la identidad  del movimiento se definiría según su capacidad de generar un mensaje  que fuera fácil de entender y que combinara lo político con lo  económico, como había hecho el 15-M con su “No somos mercancías en manos  de políticos y banqueros”. Amin Husain añadió un eco populista de la  constitución americana ofreciendo el slogan: “Nosotros, la gente,  estamos tomando las calles porque el gobierno no nos escucha”.  Finalmente, David Graeber, inspirado por un artículo del economista  Joseph Stiglitz sobre “la política del 1%”, propuso la expresión que se  convertiría en sinónimo de Occupy: “¿Qué os parece “el movimiento del  99%”?”. Graeber continuó: “Los dos partidos políticos gobiernan en  nombre de el 1% de americanos que han recibido casi todos los beneficios  del crecimiento económico, que son los únicos completamente recuperados  de la recesión de 2008, que controlan el sistema político y la casi  totalidad de la riqueza económica. Así que si los dos partidos  representan al 1%, nosotros representamos a ese 99% cuyas vidas han  quedado esencialmente fuera de la ecuación”.

Al día siguiente  Santa-Cecilia y Moreno-Caballud imprimieron un flyer, añadiendo el  pronombre “nosotros” al 99%, creando así una “identidad colectiva” para  el “todos” y el “cualquiera” que formaría parte del movimiento: “Nosotros, el 99% llamamos a una asamblea general el 9 de agosto a las 7:30 en el Potato Famine Memorial”.  El concepto del 99% empezó a circular por las calles de Nueva York. Más  tarde, el activista y bloggero Chris lo transformó en su forma final:  “Somos el 99%”, que dio nombre a una página de Tumblr.  Estas fueron las palabras y el concepto que Santa-Cecilia y  Moreno-Caballud recuperaron en su email de septiembre, durante la  primera semana de la acampada.

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Coda: ¿Occupy ama al 15M?

¿Cómo, entonces, llegó a ser virtualmente borrado el papel del  contingente español en la prehistoria de Occupy Wall Street? Me resulta  más que anecdótico que el grupo que más se preocupó y trabajó por la  inclusividad del movimiento haya sido efectivamente excluido de las  principales narrativas sobre los orígenes de Occupy. ¿Por qué ha  sucedido esto? Principalmente, porque el contingente español estaba más  determinado que muchos de los demás participantes en la Asamblea de  Nueva York a llevar la creencia en un movimiento sin líderes a un nivel  cotidiano y orgánico. Como a menudo los participantes de las acampadas  españolas rechazaban dar sus apellidos en entrevistas, esta práctica fue  replicada inicialmente por el contingente español de Occupy.  Especialmente en los primeros días del campamento de Zuccoti, esta  táctica de despersonalización fue habitualmente recibida con confusión,  hostilidad y, sobre todo, indiferencia por una sociedad americana  fuertemente afectada por el culto a la celebridad. La falta de  auto-promoción por parte del contingente español de Occupy supuso la  progresiva disminución de su visibilidad y su influencia en el  movimiento. Para el momento en que Occupy Wall Street había capturado la  imaginación popular, en los últimos días de septiembre, los españoles  ya no tenían una presencia decisiva en los principales órganos del  movimiento, ni en Zucotti Park ni fuera del parque. Este giro confirmó,  en parte, la efectividad de su concepto de un movimiento del 99%. Pero,  por otro lado, el hecho de que fueran menos visibles que otros  participante hizo que los medios globales –y en consecuencia, los  activistas y académicos que, a pesar de toda nuestra retórica,  continuamos estando fuertemente atados a esos canales estrechos de  información- básicamente ignoraran las continuidades entre el 15-M y  Occupy.

En  el primero de mayo de 2012, durante una marcha a través de las calles  de Manhattan, un grupo de participantes de Occupy intentaron reconstruir  los puentes entre los dos movimientos. Preocupados por el hecho de que  la gente tanto en Estados Unidos como en España siguieran viendo a  Occupy como un movimiento local enfocado en el sistema político  americano, llevaron una pancarta que decía: “Occupy Loves 15-M (Spain)”.  Tengo fotos del contingente español llevando esa pancarta desde Union  Square por todo Broadway hasta Zucotti, pero no creo que mucha otra  gente reparara en ellos. La pancarta era una especie de testimonio de  cierta derrota. Siendo cierto que muchos en Occupy “amaban” al 15-M, se  había vuelto ya casi imposible afirmar una verdad mucho más profunda:  que el 15-M era, o al menos era una parte fundamental, de Occupy Wall Street.

Publicado originalmente en el diario.es

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