Antígona reloaded: de los suicidios a la desobediencia.

publicado | argitaratua 21. dic, 2012

Por ARGOS.

Es virtud de los clásicos atravesar las épocas y las censuras. En los años finales del régimen de Franco, en el libro de texto obligatorio para la asignatura de “Formación del Espíritu Nacional”, se colaban fragmentos de la Antígona de Sófocles. Franco nunca supo cuánta rebeldía se alimentó en sus aulas a partir de la reflexión sobre sus propios textos adoctrinadores.

Creonte, gobernante de Tebas, dicta una ley que repugna a la naturaleza humana: el cadáver de Polinices ha de permanecer insepulto. La hermana de Polinices, Antígona, desafía la prohibición y lo entierra. Conducida ante Creonte, el alegato de Antígona es la más bella página de la literatura subversiva:

- … puede que a ti te parezca que obré como una loca, pero, poco más o menos, es a un loco a quien doy cuenta de mi locura.

De entre todos los cadmeos, este punto de vista es solo tuyo, replica Creonte.

Que no, que es el de todos: pero ante ti cierran la boca.

Con su gesto, que le cuesta la vida, Antígona consigue que deje de ser verdad el “todos ante ti cierran la boca”. Ismene, su hermana, se autoinculpa. Hemón, prometido de Antígona e hijo de Creonte, se suicida junto al cadáver de su amada. Y Eurídice, madre de Hemón y esposa de Creonte, hace otro tanto. Creonte al final se encuentra señalado y condenado por los suicidios de la gente que le rodea.

El suicidio es la imposibilidad del sujeto para soportar la realidad. Hasta ahí, en lo individual, en lo psicológico. Aunque también podríamos afirmar que la realidad imposible que no se puede soportar es siempre una realidad social, la forman los otros. El suicidio es siempre para y por otros. Y para esos otros, para la realidad social constituida, el suicidio es una última desobediencia, inapelable, un gesto de rebeldía y rechazo.

Los suicidios producidos en el instante del desahucio son actos cuyas circunstancias íntimas no podemos conocer plenamente. Hay quien intenta por ahí echar un velo al dramatismo del desahucio y encontrar una gatera para su culpa. No vale la pena debatirlo, ni siquiera por reducción al absurdo, preguntando cuántos se suicidan entre los ganadores de la lotería.

Como en la obra de Sófocles, aquí, en la problemática de los desahucios, no solo hay suicidios, sino también muchas Antígonas. La lucha contra las desahucios ha dado lugar a una importante ola de desobediencia social. No es la única desobediencia en curso, ni el único derecho a defender. Hoy estamos todos inmersos en una causa general contra las leyes de Creonte. Vivimos en estado de shock, aterrorizados por el sombrío panorama de disposiciones y leyes que aplicarán los guardianes. Con cada acto de desobediencia nos exponemos al castigo. Así que a veces nos enredamos a evaluar las consecuencias, medir el riesgo y las posibilidades. Creonte gana entonces, porque ha planteado sus leyes para que en ese cálculo prevalezca el instinto de autopreservación. Tenemos que aprender de Antígona, de su actitud suicida. Tenemos que decidir, como ella, que no importan las consecuencias y que ha llegado el momento de desobedecer, desobedecer y desobedecer.

 

Antígona [fragmento]

CREONTE

(a Antígona)

Y tú, tú que inclinas al suelo tu rostro, ¿confirmas o desmientes haber hecho esto?

ANTÍGONA.

Lo confirmo, si; yo lo hice, y no lo niego.

CREONTE.

(Al guardián.)

Tú puedes irte a dónde quieras, ya del peso de mi inculpación.

(Sale el guardián.)

pero tú (a Antígona) dime brevemente, sin extenderte; ¿sabías que estaba decretado no hacer esto?

ANTÍGONA.

Si, lo sabía: ¿cómo no iba a saberlo? Todo el mundo lo sabe.

CREONTE.

Y, así y todo, ¿te atreviste a pasar por encima de la ley?

ANTÍGONA.

No era Zeus quien me la había decretado, ni Dike, compañera de los dioses subterráneos, perfiló nunca entre los hombres leyes de este tipo. Y no creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que solo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuándo fue que aparecieron. No iba yo a atraerme el castigo de los dioses por temor a lo que pudiera pensar alguien: ya veía, ya, mi muerte –y cómo no?—, aunque tú no hubieses decretado nada; y, si muero antes de tiempo, yo digo que es ganancia: quien, como yo, entre tantos males vive, ¿no sale acaso ganando con su muerte? Y así, no es, no desgracia, para mi, tener este destino; y en cambio, si el cadáver de un hijo de mi madre estuviera insepulto y yo lo aguantara, entonces, eso si me sería doloroso; lo otro, en cambio, no me es doloroso: puede que a ti te parezca que obré como una loca, pero, poco mas o menos, es a un loco a quien doy cuenta de mi locura.

CORIFEO

Muestra la joven fiera audacia: no sabe ceder al infortunio.

CREONTE

(Al coro.) Si, pero sepas que los mas inflexibles pensamientos son los mas prestos a caer: y el hierro que, una vez cocido, el fuego hace fortísimo y muy duro, a menudo verás cómo se resquebraja, lleno de hendiduras; sé de fogosos caballos que una pequeña brida ha domado; no cuadra la arrogancia al que es esclavo del vecino; y ella se daba perfecta cuenta de la suya, al transgredir las leyes establecidas; y, después de hacerlo, otra nueva arrogancia: ufanarse y mostrar alegría por haberlo hecho. En verdad que el hombre no soy yo, que el hombre es ella si ante esto no siente el peso de la autoridad; pero, por muy de sangre de mi hermana que sea, aunque sea mas de mi sangre que todo el Zeus que preside mi hogar, no podrá escapar de muerte infamante.

ANTÍGONA.

Ya me tienes: ¿buscas aún algo mas que mi muerte?

CREONTE.

Por mi parte, nada más; con tener esto, lo tengo ya todo.

ANTÍGONA

¿Qué esperas, pues? A mi, tus palabras ni me placen ni podrían nunca llegar a complacerme; y las mías también a ti te son desagradables. De todos modos, ¿cómo podía alcanzar más gloriosa gloria que enterrando a mi hermano? Todos éstos, te dirían que mi acción les agrada, si el miedo no les tuviera cerrada la boca; pero la tiranía tiene, entre otras muchas ventajas, la de poder hacer y decir lo que le venga en gana.

CREONTE.

De entre todos los cadmeos, este punto de vista es solo tuyo.

ANTÍGONA.

Que no, que es el de todos: pero ante ti cierran la boca.

CREONTE.

¿Y a ti no te avergüenza, pensar distinto a ellos?

ANTÍGONA.

Nada hay vergonzoso en honrar a los hermanos.

CREONTE.

¿Y no era acaso tu hermano el que murió frente a él?

ANTÍGONA.

Mi hermano era, del mismo padre y de la misma madre.

CREONTE.

Y, siendo así, ¿como tributas al uno honores impíos para el otro?

ANTÍGONA.

No sería a ésta la opinión del muerto.

CREONTE.

Si tú le honras igual que al impío…

ANTÍGONA.

Cuando murió no era su esclavo: era su hermano.

CREONTE.

Que había venido a arrasar el país; y el otro se opuso en su defensa.

ANTÍGONA.

Con todo, Hades requiere leyes igualitarias.

CREONTE.

Pero no que el que obro bien tenga la misma suerte que el malvado.

ANTÍGONA

¿Quién sabe si allí abajo mi acción es elogiable?

CREONTE

No, en verdad no, que un enemigo.. ni muerto, será jamás mi amigo.

ANTÍGONA.

No nací para compartir el odio sino el amor.

CREONTE

Pues vete abajo y, si te quedan ganas de amar, ama a los muertos que, a mi, mientras viva, no ha de mandarme una mujer.

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  1. Una elipsis encubridora: Por los días felices - Hordago - 12 febrero, 2013

    [...] ¿Sería posible interpelar a Miguel Leache en términos de solidaridad? ¿Cómo se justificará Miguel Leache para seguir con su triste trabajo de mensajero del miedo? Le hablaríamos de la “desobediencia debida”, del imperativo moral que nos obliga a todos a no colaborar con este genocidio financiero, seamos jueces, policías, abogados, procuradores y empleados de la banca. Como Miguel Leache es artista, quizás nos entenderá mejor si le ponemos el ejemplo de la Antígona de Sófocles. [...]